Periódico

Periódico

Un periódico diario, mensual, trimestral o incluso en ocasiones horario.
Vamos, un periódico que de hecho y de periódico, no tiene nada.

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Un país de sinceridad o populismo.
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Los animales, seres inferiores
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Tenga cuidado con lo que lee
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Los animales, seres inferiores

Una de las principales posiciones especistas en contra del veganismo es este argumento irrefutable. Una cuestión difícil de defender por parte de los animalistas, ya que, sin duda, es verdad. 

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De L.M.

8 abril 2019

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Para todos aquelles que se escudan en que los animales son inferiores, aceptemos por un instante que podría ser verdad. Y bien, ahora se enfrentan a un dilema diferente: el de si abusar de unos seres inferiores o no. Si ser conscientes de la capacidad empática que como seres humanos –y en teoría superiores– han desarrollado. ¿Y bien? Si aceptan seguir comiendo a estos seres inferiores, acepten con las mismas que su jefe les martirice, que alguien armado se lleve por la calle su dinero, que el niño matón abuse en el colegio de sus compañeres… En cualquiera de estas circunstancias, el jefe, el armado, el niño matón, de alguna u otra forma son superiores; ya sea por jerarquía laboral, una navaja o simplemente la fuerza bruta y abusan, por tanto, de los inferiores. Cuesta aceptarlo… Y se lo digo yo, que cuando me encuentro escribiendo esto, apenas unas semanas atrás comía albóndigas con tomate. Os lo prometo, este escrito, es simplemente para reflexionar.



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Un país de sinceridad o populismo

Escuchando o leyendo las declaraciones de los diferentes partidos del país, solo quedan estas dos opciones entre las que escoger. La decisión se presenta más sencilla de lo que aparentemente puede parecer.

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De L.M.

4 abril 2019

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La izquierda española es puro populismo. Sánchez, Iglesias, no hacen más que predicar medidas sociales complicadas y prometer ayudas a les más necesitades que, en la mayoría de ocasiones, resultarán inviables. Sánchez llega al gobierno y lo primero que hace es sacar a un dictador de un monumento a los caídos en guerra y dar acogida a un barco con centenas de refugiades moribundos a nuestro país. Iglesias cambia el nombre de su partido para nombrarlo en femenino, tratando de alguna forma de dar más voz a las mujeres en la política –ninguno de los candidatos al gobierno es mujer–, y predica como Sánchez que, lo primero que harán es aumentar la inversión en medidas sociales. ¿Y Pacma? ¿Proteger los derechos de los animales? ¡Sí claro! Como si en este planeta les fueran a dejar hacerlo. Ya lo he dicho, la izquierda española es puro populismo...

Sin embargo, la derecha –y ultraderecha– predica con sinceridad. Aseguran que la inmigración es un peligro, por lo que van a deportar a todes les inmigrantes en situación irregular. Que construirán un muro entre Ceuta y Marruecos. ¡Y si lo dicen, lo hacen! Afirman que es injusto que la ley de violencia de género beneficie a la mujer; a su vez no mencionan que mueran muchas más mujeres que hombres, porque al parecer no lo saben y de lo que no se sabe, siendo persona sincera, por tanto no se predica–. La derecha asegura que prohibirá el aborto, que no les gusta el amor entre personas del mismo sexo y por tanto alguna medida tomarán y que se preocuparán del bolsillo de la gente más apoderada, que les parece injusto que paguen más impuestos que la gente pobre y por ello, todes a pagar –que no a cobrar– bien igual. ¡Ah! Y proteger por ley la tauromaquia, como parte del patrimonio cultural de nuestro país, y declarar como actividad necesaria y tradicional la caza. Y esto no es palabrería, como lo de Pacma… ¡Quién no se va a creer que en este país, en efecto, esto tendrá la mejor de las acogidas!

Lo dicho, para finalizar este análisis político matutino: la izquierda es populista, la derecha es sincera. Y a estas alturas, muy a mi pesar lo único que me queda por afirmar es: que gobierne populismo.


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Tenga cuidado con lo que lee

Relato corto.

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De L.M.

4 abril 2019

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La casa amenazaba con tener que ser denominada escombro en cualquier instante, por eso y no por otra cosa –supuso de manera equivocada– habrían solicitado sus servicios de construcción, reparación y adecuación de infraestructuras. Abrió la puerta despacio, con cuidado, como quien se pone a recordar, y entró hasta el rellano, donde nadie le dio la bienvenida. Aunque hubiera habido alguien en aquel lugar, pensó, no habría sido precisamente acertado denominar como buena la llegada de algún individuo a aquel recibidor desamparado. Por dónde empezar, pensó después. Caminó analizado el trabajo que tendría que desempeñar en aquellas paredes, tabiques, rodapiés y demás elementos arquitectónicos que luchaban por mantener sus términos.

Caminó por el pasillo y los crujidos de la madera que pisaba zarandeaban el aire y hacían caer pedazos del rodapié. La casa, pese a su estado deplorable, intentaba por todos los medios conservar parte del carácter majestuoso que en su día tuvo. Pero los techos altos del salón, en lugar de albergar personas de posición relevante ahora luchaban por no desmoronarse sobre aquel hombre que tras haber recorrido las principales estancias, entró en aquella última y se apoyó en la mesa del centro, casualmente sobre una hoja de papel que en principio no vio y más tarde recogió toda su atención. Sobre aquella mesa de caoba y polvo, reposaba aquel folio sobre el que a su vez reposaban las siguientes palabras escritas que aquel hombre, curioso e inevitable decidió leer al percibir sin demasiadas complicaciones que iban dirigidas hacia él:

Estimado hombre encargado de construir, reparar y adecuar infraestructuras.

Le he hecho llamar por la siguiente cuestión, que apareció prioritaria ante cualquiera de las anteriores. En la próxima semana, mi condición de columnista en un medio local que probablemente le resulte ajeno, me exige la preparación primero y la finalización más tarde de un cuento que cumpliendo los plazos establecidos por el editor debe publicarse en el siguiente número. Encontrándome en un estado de absoluto bloqueo mental, he tratado de buscar por todos los medios todos los medios posibles para poder acabar con mi labor con un resultado mínimamente satisfactorio, pero siempre con pésimos resultados. Comencé a tomar, antes de acostarme, agua con limón y tres gotas de tinta, como bien recomendaba aquel escritor latinoamericano. Decidí sumirme en mis miserias para tratar de encontrar las palabras, pero tan solo acabé empapado y triste. Incluso, no me avergüenza reconocerlo, llené la bañera con ojos de perro azul, de forma literal, obtenidos de forma legal, no salga despavorido. También trate de llevar a cabo otro tipo de procesos, pero de aquellos sí que he decidido avergonzarme. Pero nada, absolutamente nada consiguió traerme las palabras que necesitaba. Por lo tanto me encomiendo a usted, pese a desconocerle personalmente, confiando ciegamente en las recomendaciones y continuas alabanzas que mi vecino afirmó sobre usted y la excelente labor que llevó a cabo con los azulejos de su baño. Le dejo el cuento tal y como lo decidí abandonar, finalizado, sí, pero repleto de frases inconexas y palabras vacías, que no consideraría en ninguno de los casos merecedoras de aparecer en ningún medio impreso. Por favor, sienta la libertad que le quiero transmitir en la siguiente frase y haga todo lo que considere necesario, construya, repare, adecúe, sin el menor reparo ante lo que me pueda parecer. Me encomiendo a usted, muy señor mío, y le cedo la potestad absoluta para hacer de mi obra, efectivamente, algo menos parecido a una obra y sí a un escrito.

Atentamente, un escritor que ha gastado y malgastado sus palabras.

El hombre quedó perplejo. Un día, que tan solo fueron dos, había alicatado un baño del tamaño de dos salones corrientes con magníficos resultados. Otro día, su tarea en una cocina hizo inclinarse por la preparación de guisos a todos y cada uno de los miembros de aquella familia, incluso a los más pequeños -sin referirnos al jardinero de escasa estatura que podaba los setos, sino obviamente a los niños. En otra ocasión, solo con quitar un tabique sin más problemas de los habituales dio lugar a un recibidor que a partir ese día podía dar la bienvenida a los visitantes con las notas de un piano de cola que descansaba en el salón. Pero nunca, jamás, había tenido ningún caso como aquel, nunca la literatura se había mostrado necesitada de sus capacidades, nunca se había imaginado tener que dejar a un lado la espátula y tomar sus recuerdos sobre las esporádicas lecturas de Cortázar, Dickens o Carlos Ruiz Zafón que solía llevar a cabo cuando aún tenía tiempo para la lectura. No, quizá Zafón podría quedarse fuera… nunca se lo habría imaginado con las mangas remangadas y el martillo en mano. Y entonces, aunque confundido, comenzó. Porque eso y tan solo eso es lo que hay que hacer cuando quieres comenzar a escribir.

Para empezar, decidió empezar como habría empezado con cualquier otra obra, fuera un bungalow, un tercer piso o La casa de los espíritus, y desde el principio comenzó a comprobar el estado de la estructura de aquel texto. Se sintió un poco incómodo con el contenido, todo hay que decirlo, pero había sido contratado para trabajar y es lo único que haría. Reorganizó los primeros párrafos para hacerlo más fluido, eliminó algunas frases innecesarias y añadió otras también innecesarias, e introdujo algunos conectores y subordinadas, que pese a resultar quizá demasiado barrocas, denotaban en el texto una elaboración que encubría el conflicto al que el supuesto autor se había enfrentado. Una vez reformados los primeros cimientos, comenzó a adecentar, de arriba a abajo y abajo arriba, algunas de las líneas fundamentales que soportaban el peso principal del texto. Una personificación para la primera y otras tantas en el centro, detalles que hacían que al leerlo, el propio texto comenzase a caminar sobre sus ojos. Luego, adjetivos caprichosos encajaban como hechos a medida entre las aleatorias formas de las frases sueltas, modernistas, de irregulares estructuras pero con la intensidad suficiente para que, al leerlas, su ritmo resonara en el lector y acariciase, suave, agradable su paladar, paladar, paladar. Sinestesias y licencias propias que sorprendieron a aquel hombre al salir de bolígrafo que abrazaban sus dedos. Y metáforas y símiles que inundaban el texto e hipérboles infinitas, a ratos rotas por paranomasias y rematadas por antítesis.

Y muy pronto llegó a lo que parecía el desenlace, el párrafo final pero previo a una posterior aclaración, y tras leerlo, por un breve instante quedó petrificado. Pero sin darle más importancia que un escalofrío, se dispuso a rematar aquel espacio con un oximorón, cuando una de las vigas que aún ilusa trataba de detener el cruento avance del tiempo y sus consecuencias, acabó por rendirse y fue a caer al suelo, no sin antes golpear mortalmente en la cabeza, como un libro a un gato, a aquel hombre que tan solo tuvo tiempo de morir. Y el hombre cayó inerte, de súbito, dejando escapar de su mano el bolígrafo y aquel oxímoron, que ahora se arrastraba por el suelo en el silencio estrepitoso que supone la muerte.

El resto del cuento, como comprenderá, se quedará sin cambios. Tan solo frases cortas y sencillas. Frases de mierda que servirán para aclararle que en efecto todo aquello ya estaba escrito, sobre aquel papel y sobre aquella mesa. No me culpe, al menos no me culpe tan solo a mí. Porque todo esto nunca habría ocurrido si no hubiera llegado a ocurrir en su imaginación. Lo que le convierte a usted, lector en serie, soñador homicida, en el único culpable -o al menos cómplice- de la terrible muerte de aquel hombre inocente encargado de construir, reparar y adecuar infraestructuras. Ahora, si se atreve, siga leyendo. Pero hágame el favor, y previo retire ese cadáver de su mente.


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