Léeme.
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RECUERDOS QUE SON CROQUETAS

De una persona solo te puedes enamorar una vez. El resto son tan solo recuerdos. El resto son tan solo sobras. El resto son solo croquetas. Pero a quién no le gustan las croquetas.

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EL PEZ

Junto a ella
cada dos segundos
volvía a enamorarse

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PALABRAS

Y cuando leas mis palabras
no te asustes.

Te prometo que
tan solo me estoy enamorando
para tener algo
sobre lo que escribir.

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EL ÚLTIMO BESO

Antes de irse
le dio el último beso.

Y entonces
se quedó sin besos
para siempre.

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ALMAS GEMELAS

- ¿Y cómo os conocisteis?
- Como nunca.

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DEMASIADO INTENSA

Eras demasiado intensa
para tan solo mirarte.

Entonces no me mires
-me dijiste.
Tan solo léeme.

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EL TIEMPO

El tiempo todo lo cura.
Aunque paradójicamente,
también nos acaba
matando.

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INMIGRANTES

Ustedes perdonen.
Buscábamos un lugar mejor,
pero nos hemos debido equivocar.

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¿TE IMAGINAS?

¿Te imaginas poder volar?
-le dijo
mientras saltaban
al vacío.

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MUERTE A POQUITOS

Apenas somos conscientes, querida, de que de forma constante morimos a poquitos. Y qué fortuna la nuestra. Imagina por un instante qué ruidoso se presentaría el tic tac en tu muñeca, en la pared de tu dormitorio, sobre el portalón de la estación central. Qué condena supondría el número setenta y cinco en la oficina postal, qué agonía el espere tras la línea del control del aeropuerto. Y las salas de espera purgatorios y los semáforos homicidas y la comida que quema que nos quitaría poco a soplo la vida. La puntualidad no sería una cualidad, más bien un requisito, amparada por leyes y castigada como delito penal. Por eso el ya estoy llegando, como supondrás amiga, sería tan solo permitido si se envía apenas ocho pasos o dos paradas previas a pasar a ser un cómo estás. Y los cumpleaños, ¡qué tragedias! Qué macabro y bizarre se presentaría el sentarse alrededor de la tarta, los gorros de colores y las palmadas y el humo de las velas que en efecto sería humo y espeso. Qué afortunados somos de permanecer ajenos, querida, a todo esto, no lo sabía hasta hace bien poco.

Antes, apenas me paraba a agradecer el peso que mi previa ignorancia soportaba, la ligereza de cada segundo y cada minuto y cada instante que recibía este nombre y no otro y mi indiferencia ante el empuje obstinado y terco de lo que inocentes tan solo denominamos tiempo. Apenas tenía momentos dedicados a pensar en ello, ni necesidad ni siquiera razones. Hasta que mi inocencia se derritió, como los cubitos de hielo que morían a poquitos en el vaso en aquella terraza, ante tu mirada en aquella plaza. ¡Ay de mí ahora, querida mía, desde aquel instante! La primera vez que me dijiste volvamos a vernos sin saber cuándo. Aquella noche, mi paseo hasta casa no entendía de farolas y mis pasos se sucedieron tan solo por volver en algún momento a llegar hasta ti. Fue aquella noche cuando comencé a cargar con el peso que inevitable nos empuja, que me zarandea cuando no estoy contigo. Es desde entonces y hasta el martes o el cine o la vez siguiente que te vuelvo a ver, que soy consciente de que voy muriendo, muy despacio, a poquitos. Es en este lapso de tiempo cuando el reloj me aprieta y las agujas me arañan y los semáforos me ahogan y ya nunca recojo mis paquetes ni salgo del país ni ceno sopa.

Y qué desconcierto el no saber cuándo es que exactamente comienza todo. No saber si es cuando el camarero posa la cuenta sobre la mesa, entre nosotros la bandejita de hojalata que ya comienza a distanciarnos. Cuando nuestro abrazo se rompe, podría ser, cuando caminas hacia el inevitable doblar de la esquina y te giras por anteúltima y luego una última vez, cuando tomas el metro y el cerrar de la puerta envidia y rompe nuestras manos entrelazadas. Cuando el amanecer parece indiferente a nuestros cuerpos aún calientes entre las sábanas, cuando la rutina nos empuja y nos separa y nos sienta en asientos que no van seguidos. Qué agonía estos instantes en los que, como te he dicho querida, mi vida parece desprenderse de mi cuerpo como aquel grifo que no cierra bien y empiezo a morir, poquito a poco, a poquitos, hasta que te vuelvo a ver.

Por favor. Hablemos de todo lo que quieras hablar, que yo nunca me callaré. Cenemos en todas las mesas que podamos cenar, que yo nunca me saciaré, te lo prometo. Contemos las estrellas de una en una y luego de dos en dos, los granos de arena que se pegan a nuestras pieles desnudas bajo aquella noche, sobre aquella playa, las gotas que se resbalan de tus labios salados, contémoslas, hasta diluir nuestro amor hecho con el propio vibrar de la mar. Y luego volvamos a empezar. Busquemos calles por las que aún no hayamos paseado y bares que tan solo cierren con nosotros dentro. Y habitaciones siempre para dos, con una sola cama por supuesto. Y apaga la luz cuando te vayas, que no la encenderé hasta que vuelvas a aparecer.

¡Ay desde aquella mirada! ¡Qué complejo se ha vuelto el tiempo para mí, querida mía! Qué feliz parecía ser con los segundos que eran segundos y los días que tan solo esperaban al fin de semana. Menos mal el saber, al fin y al cabo, que esta muerte a poquitos es reversible, que cuando te vuelvo a ver, toda esa vida que había escapado de mí con creces la recupero. Y es que tal vez y solo tal vez, querida mía, juntos y queriéndonos podamos ser eternos. ¡Quién sabe amor! Quizá merezca la pena intentarlo…